Relato #2: Hernando Sin Cabeza.

Hernando no tenía cabeza. Pero como nadie jamás se lo dijo, nunca lo supo.

Nació sin ella, arrebatándole la funcionalidad de su periodo de dilatación a una madre que se horrorizó al verlo. Los médicos, estupefactos al escuchar llorar a un niño sin cráneo, lo incubaron y lo examinaron conscientes de estar ante un fenómeno natural. Y su padre, que aún no se atrevía a mantenerle la mirada mucho tiempo, custodió su incubadora durante tres largos días. Cuando el personal médico se presentó ante ellos, le expusieron que Hernando podría inexplicablemente llevar vida corriente, pero que no esperaran que floreciera una cabeza de aquel agujero que tenía por cuello. Sus sentidos, totalmente funcionales gracias a unos órganos apretujados en la zona torácica, le podrían proporcionar una existencia tan normal como el acostumbrarse a mirar eternamente solo aquello que estuviese sobre sus hombros le permitiese.

Por esto, y porque quizás su propio amor paternal los forzó irremediablemente a amarlo sin condiciones, los padres de Hernando nunca le dijeron que no tenía cabeza.

En sus años escolares, Hernando llamó la atención por su falta fisiológica, pero por nada más. Sus aficiones simples, conversaciones normales y su curiosidad juvenil innata no lo distaron de otros niños. Fue educado en la corriente de pensamiento de su época. Hizo travesuras y tuvo logros académicos. Comenzó a interesarse en algunas cosas y aburrirle otras. A hacer amistades y rivalidades. Y nunca se diferenció a nivel real de ningún otro niño.

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Sesión de Tarde: Reseñas y material de prensa

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Análisis: Patata y el perdón de los estereotipos.

Uno de los clichés más básicos de la ficción moderna y de los motores de personajes más utilizados, es la búsqueda del perdón. La búsqueda de un perdón imposible como subtexto invariable que definirá a nuestro personaje como alguien solitario y cascarrabias o alguien amable y solidario por naturaleza, según como lo utilicen.

Sería estúpido poner ejemplos porque puedo dar un dedo a que en cualquiera obra que esté en vuestra habitación ahora mismo, o que hayáis consumido en el último mes, este estereotipo sale. ¿Por qué? Es algo más complejo de explicar, pero un estereotipo sirve en gran medida a la facilitar la comprensión del lector. Es lo que llamamos un punto de agarre. Es un sitio en donde el consumidor ocasional en un primer momento se agarrará, porque le resulta conocido y fácil de entender. Y el consumidor habitual lo relacionará con otras obras del estilo, etc.

Sin embargo, una cosa que convierte a los estereotipos en algo de lo que lo lectores (que han dejado de ser solo consumidores) terminan por aborrecer es precisamente que todo termina por convertirse en más de lo mismo. En teoría de género cinematográfico (teoría que yo aborrezco, pero que está ahí), inculcan que la manera de “corregir” un estereotipo consiste en sirva de agarre la primera mitad de historia, y darle la vuelta en la segunda, para así presentar algo nuevo al espectador. Pero aún así, esto es muy difícil que lo salve. Porque como nuestro cliché del perdón, a los estereotipos su propia búsqueda los define: Aunque la idea es sorprender, por definición el estereotipo se centra en no hacerlo.

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Relato #1: Y no pudiste dejar de ver.

Te tendieron sobre la mesa del comedor y te dejaron retorcerte delante de tu progenitor. Llorabas y gritabas con la fuerza que daban tus pulmones vírgenes de recién nacido. Movías tus manos y pies sin más objetivo que intentar calmar el picor que te recorría el cuerpo. Y cuando querías cerrar los ojos, intentando acumular fuerzas para proyectar mejor tus llantos, veías como aquellos adultos tragaban saliva.

Lo veías, porque aunque sabías que cerrabas los ojos, no podías dejar de ver.

Alenka, la hija de la vecina, te levantó y te envolvió en toallas calientes. Lavó con firmeza todo tu cuerpo. Te dejó caer suavemente en una tinaja de latón llena de agua limpia y templada mientras, sin reparos, agarraba tu cráneo para impedir que hicieses ningún movimiento brusco. Pero cuando alzó la toalla para limpiarte la cara, se detuvo en seco. Vistes como la mano derecha de la joven, oculta tras el trapo amarillento, encogía los dedos.

Viste la duda. El temor. Y el asco. Cerraste los ojos, gritaste y no pudiste dejar de ver.

Tu padre, hombre corpulento como mandaban los cánones del campo, olía a barro y estiércol. De respiración pesada y movimientos consistentes. Su mirada, oculta entre la mata despeinada de cabello castaño, te seguía por allí donde Alenka te llevaba. El médico, barbudo y con una postura de agotamiento permanente, en ningún momento dejó de hacer algo. Si no limpiaba unos guantes desechables y los lavaba a conciencia, se secaba las manos con la parsimonia de aquel que no desea asumir lo que viene después. Durante tus momentos de limpiezas íntimas, aún prestándoles tu total atención, no les escuchaste decir nada. Y lo hiciste a conciencia dado que tu mundo, hasta ese momento, se reducía a esas tres personas y a ese pobre salón campesino.

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