Relato #1: Y no pudiste dejar de ver.

Te tendieron sobre la mesa del comedor y te dejaron retorcerte delante de tu progenitor. Llorabas y gritabas con la fuerza que daban tus pulmones vírgenes de recién nacido. Movías tus manos y pies sin más objetivo que intentar calmar el picor que te recorría el cuerpo. Y cuando querías cerrar los ojos, intentando acumular fuerzas para proyectar mejor tus llantos, veías como aquellos adultos tragaban saliva.

Lo veías, porque aunque sabías que cerrabas los ojos, no podías dejar de ver.

Alenka, la hija de la vecina, te levantó y te envolvió en toallas calientes. Lavó con firmeza todo tu cuerpo. Te dejó caer suavemente en una tinaja de latón llena de agua limpia y templada mientras, sin reparos, agarraba tu cráneo para impedir que hicieses ningún movimiento brusco. Pero cuando alzó la toalla para limpiarte la cara, se detuvo en seco. Vistes como la mano derecha de la joven, oculta tras el trapo amarillento, encogía los dedos.

Viste la duda. El temor. Y el asco. Cerraste los ojos, gritaste y no pudiste dejar de ver.

Tu padre, hombre corpulento como mandaban los cánones del campo, olía a barro y estiércol. De respiración pesada y movimientos consistentes. Su mirada, oculta entre la mata despeinada de cabello castaño, te seguía por allí donde Alenka te llevaba. El médico, barbudo y con una postura de agotamiento permanente, en ningún momento dejó de hacer algo. Si no limpiaba unos guantes desechables y los lavaba a conciencia, se secaba las manos con la parsimonia de aquel que no desea asumir lo que viene después. Durante tus momentos de limpiezas íntimas, aún prestándoles tu total atención, no les escuchaste decir nada. Y lo hiciste a conciencia dado que tu mundo, hasta ese momento, se reducía a esas tres personas y a ese pobre salón campesino.

Cuando escuchaste a Alenka preguntar si se le seguía necesitando, con una garganta debilitada por plantear una huida en un momento tan delicado, detuviste tu llanto. Siendo lo primero que escuchaste proveniente de otro ser vivo aparte de ti mismo, la voz de la joven te engatusó. Escuchaste también la respuesta afirmativa del médico, a través de la hipnótica barba que se mecía a causa de unos movimientos labiales que no veías. Esos sonidos te inquietaron lo suficiente como para tranquilizar el ambiente durante la partida de Alenka. El rechinar de la madera seca y la bisagras oxidadas de las puertas que tuvo que atravesar la muchacha te entretuvieron durante un tiempo. Pero la vuelta del silencio te llevó a obsesionarte con la cara de los adultos, esperando que volviesen a emitir sonidos. Tu padre te miraba con sus pupilas contraídas y fijas en tu rostro. Y cuando intentabas concentrarte en él, en su cara y en los sentimientos que pudiese expresar con ella, él tragaba saliva. Y podías ver como rascaba la punta de su lengua con sus dientes. El médico, ajeno a la conversación muda que tenías con tu antecesor, le golpeó con violencia en hombro. Tu padre sacudió la mesa y sentiste la vibración de su sobresalto.

Pero te dio igual, porque esos adultos volvían a hacer eso que tanto te embelesaba: Comunicarse.

Tu padre poseía una voz profunda y rasposa. La usó para preguntar. El médico te miró un momento ínfimo y te apartó la mirada, con un asco condescendiente en el rostro. Su ojo, respondió. El tema de por qué tenías tres y sobre si era funcional, enredaron una conversación tranquila que no entendías. Las malformaciones podían pasar. En ese pueblo. No sabía si podrías degenerar pero al menos no se te veía sufriendo.

Tu padre te volvió a mirar, pero sin el desprecio que te expresaba la mirada del médico. No, tú padre te expresaba otro sentimiento. Y tú lo comparaste al que sentías al verlo a él hablar. Y parecían idénticos.

Es hermoso, le escuchaste pronunciar. Aunque no le entendiste, te reíste. Y el doctor tosió cuando lo hiciste.

Apartó por el hombro a tu padre de tu lado. Ambos te dieron la espalda, marcharon hacía un lugar fuera de tu mundo sensorial, y allí siguieron con esos sonidos comunicativos que tanto te interesaban. Aunque seguías escuchando algo, sin ver sus rostros ni miradas penetrantes entendías que era una experiencia incompleta. Volviste a llorar en señal de protesta mientras, por falta de otros estímulos visuales, no podías dejar de ver la bombilla que radiaba sobre la mesa en la que estabas, balancearse de manera casi imperceptible. Cada vez que acallabas para que tus pulmones se volviesen a hinchar de ese aire con hedor a ciénaga y tierra mojada, mirabas la bombilla. Brillaba y su filamento vibraba como un ojo lloroso.

Ese hipnótico objeto, tan esférico y pulido, consiguió poco a poco hacerte olvidar tu dependencia con los adultos. Alzaste tu mano aun sin saber que la poseías, buscando la posibilidad de alcanzar esa luz. Cuando te viste la extremidad y miraste tus dedos mientras los contraías y extendías, descubriste el don de movilidad que tenías. Y cuando te entendiste a ti mismo, te sentiste capaz de todo.

El sueño de alcanzar la luz, tan lejano hace un momento, se convirtió en una posibilidad real. Real y cercana.

Un golpe seco te detuvo. Tu padre había regresado para que pudieses volver observar su cara, y eso te sedujo por completo. El médico le acompañaba sin atreverse a mantenerte la mirada. Y tú, quizás por sentir su desprecio o por sentir tu propia dignidad, tampoco se la demandaste. Con tu padre en cambio, a cada segundo que pasabais vislumbrándoos, notabas como se perdía entre tus facciones y se emborrachaba de ese sentimiento tan parecido al tuyo.

Sonreías al sentirlo. Y el médico cerraba los ojos con fuerza al verte hacerlo.

Apresuró en despedirse. Pronunció el nombre de tu padre y su adiós, ignorándote. Pero ya no te importaba. Porque su partida era el último resquicio de imperfección en tu mundo. Y aunque sentías el ambiente extraño que dejaba tras el rechinar de sus botas en la madera seca, no te importó. Porque te quedabas con la única persona que conocías que te miraba como tú a ella. Y sentías que eso era suficiente para poder alcanzar la eternidad.

La puerta se cerró con suavidad y los restos de brisa que entraron tras ella volvieron a columpiar la bombilla que flotaba encima de ti. Tú, desatendiendo un momento a tu padre, volviste a prestarle atención a esa incandescencia balanceante. Se alejaba y se acercaba, como intentando comunicarse contigo. Entregarte algún mensaje o señalarte un camino. Volviste a alzar tus manos, esperando que en algún momento pudieses tocar el blanco puro que emitía. No notaste como unos brazos te envolvían suavemente hasta que, sin más, te levantaban al cielo.

Miraste a tu padre, encargado de subirte, y aunque por la presencia creciente de luz en tu cara no pudiste verle el rostro, estabas seguro que te estaba ayudando para alcanzar tu gran sueño. Te reíste y emitiste tu primera carcajada. Tus manos estaban tan cerca de la luz, que ya solo podías ver su silueta perdiéndose en ella.

Estuviste tan cerca de todo, que fue el momento más feliz de tu vida.

Pero como el sol al ponerse por el horizonte, viste como la luz se perdía por tu espalda. Tu padre te giraba para ponerte de cara a él, completamente ajeno a que su acción estaba destruyendo tus ilusiones. La expectación de no saber lo que estaba pasando no te dejó comprender que llegaste a tocar la bombilla manera fugaz. Y la única prueba de tu victoria fue una caricia de cristal que a los segundo empezó a quemarte. Abriste la boca para expulsar el llanto de dolor proveniente del escozor, y tu padre te acercaba a tu cara. Esperabas comprensión, explicación, o alivio. Pero no encontraste nada de eso.

Sólo sus pupilas contraídas y fijas en tu cara.

Es hermoso, decía. Tú llorabas intentando pedirle ayuda. Y lo escuchas repetir lo hermoso que era. Movías tu cuerpo intentando expresar tu dolor de alguna manera desconocida para ti, pero lo esa hermosura tan alabada seguía en el aire.

Tu dolor se convertía en ansiedad.

Que hermoso es. Que hermoso es.

Como una perla diamantada.

Te tumbó en la mesa con mucho menos tacto con la que te había alzado por los cielos de tu universo. Tú seguías sollozando por una angustia que te invadía desde que, aunque alguna vez pensaste que no necesitabas nada, te habías dado cuenta lo solo que estabas. Tu padre agarró la bombilla y te la acercó a la cara. Sin embargo ya no lo sentías como algo bueno. Con su otra mano, sentías que palpaba la mesa y abría cajones que no sabías que existían. Y al acabar, su izquierda hizo acto de presencia delante de ti con un tenedor sucio. Su derecha velluda y porosa te palpó la cara sin delicadeza, mientras llorabas. Tus pulmones ardían de dolor al intentar expulsar todo el aire en alaridos, como tu único método de defensa posible. Pero no pudiste hacer nada.

Cuando acerco la mano a tu mirada, sentiste el ardor y la viscosidad en tus ojos. Y cuando viste acercarse el cubierto, con sus púas oxidadas y dobladas, quisiste cerrar los ojos cómo último y desesperado recurso.

Pero no pudiste dejar de ver.

Comentarios

  1. En cierto punto deseé que fuera el origen de Ten Shin Han pero ya veo que no 🙁 Pobre niño. Me ha gustado el desarrollo 🙂

    • Al principio la idea es era que el padre lo amara incondicionalmente… pero no salió :P. Al final todo ha sido una excusa para escribir en algo en segunda persona.

      PD: Para que te quedes mal sabor de boca. ¿Sabías que Ten Shin Han es como se le llama aquí a un plato de comida china? Yamcha también lo es.

      • Bueno, a veces las historias se van por donde ellas quieren 🙂

        Sabía que había nombres de vegetales, pero no sabía lo de Yamcha y Ten Shin Han. Qué crack Toriyama 🙂

  2. Tuve que leer dos veces el final porque no me lo podía creer 🙁 Mola como todo lo que escribes.

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