Relato #2: Hernando Sin Cabeza.

Hernando no tenía cabeza. Pero como nadie jamás se lo dijo, nunca lo supo.

Nació sin ella, arrebatándole la funcionalidad de su periodo de dilatación a una madre que se horrorizó al verlo. Los médicos, estupefactos al escuchar llorar a un niño sin cráneo, lo incubaron y lo examinaron conscientes de estar ante un fenómeno natural. Y su padre, que aún no se atrevía a mantenerle la mirada mucho tiempo, custodió su incubadora durante tres largos días. Cuando el personal médico se presentó ante ellos, le expusieron que Hernando podría inexplicablemente llevar vida corriente, pero que no esperaran que floreciera una cabeza de aquel agujero que tenía por cuello. Sus sentidos, totalmente funcionales gracias a unos órganos apretujados en la zona torácica, le podrían proporcionar una existencia tan normal como el acostumbrarse a mirar eternamente solo aquello que estuviese sobre sus hombros le permitiese.

Por esto, y porque quizás su propio amor paternal los forzó irremediablemente a amarlo sin condiciones, los padres de Hernando nunca le dijeron que no tenía cabeza.

En sus años escolares, Hernando llamó la atención por su falta fisiológica, pero por nada más. Sus aficiones simples, conversaciones normales y su curiosidad juvenil innata no lo distaron de otros niños. Fue educado en la corriente de pensamiento de su época. Hizo travesuras y tuvo logros académicos. Comenzó a interesarse en algunas cosas y aburrirle otras. A hacer amistades y rivalidades. Y nunca se diferenció a nivel real de ningún otro niño.

Tal vez por eso, incluso con la crueldad innata que los jóvenes adquirían en las etapas más avanzadas de su proceso educativo, ninguno nunca le acusó de no tener cabeza.

Cuando terminó la universidad, entró a trabajar en la empresa textil de un conocido de su padre. Comenzó con un empleo de contabilidad ocho horas diarias cinco veces a la semana, dedicándose a clasificar la entrada y salida de género proveniente de fábricas de explotación situado en países lejanos. Se aficionó a la producción audiovisual televisiva y a los debates políticos, los cuales consumía para ayudarse a matar el tiempo y no pensar en nada, tumbado en la única posición cómoda y eficaz que encontraba. Es enamoró de una compañera que compartía sus mismos gustos, y esta terminó aceptando sin mucho problema la particularidad de Hernando, con el cual se casó.

Y ella quizás, por verle tan ignorante de su peculiar condición, y el amor que acabó sintiendo por él, nunca le dijo que no tenía cabeza.

Subiendo en el escalafón empresarial, Hernando pudo adquirir un tren de vida suficientemente ascendente como para sentir que mejoraba a cada año. Pudo comprarse cualquier producto anunciado en los medios que le interesase. Con el cambio de televisión y de automóvil cada cierto tiempo, sentía que eso era parte de la vida y el progreso. Tuvo los hijos que sus padres deseaban, y los matriculó en la misma escuela que el estudió, esperando que le enseñaran lo mismo. Y a medida que su edad y la de su mujer avanzaban, sus gastos menguaron y se dedicaron a la crianza de unos hijos que algún día esperaban ver con un buen trabajo, casados y con hijos. Tal como él lo había hecho.

Y su fecunda familia, quizás acostumbrados a verle así durante toda su vida, jamás le dijeron que no tenía cabeza.

Finalmente, en el ocaso de su vida, todo se redujo a dietas suaves y revisiones médicas, intentando alargar su existencia lo máximo que fuese posible. Entre paseos lentos mirando eternamente a las estrellas y discusiones simples sobre las mínimas diferencias que había entre su generación y la que le siguió, poco a poco fue perdiendo apoyos por la muerte progresiva de los que le acompañaron la mayor parte de su vida. Y mientras fue viendo morir poco a poco a los que pudo llamar hace décadas amigos, puede que por la desafección con un mundo que veía que poco a poco dejaba de pertenecerle, calló enfermo y se tumbó en una cama de la que no se volvería a levantar.

Pero aún en esos postrados últimos días, custodiado siempre por algún pariente, no se detuvo a pensar en nada. Solo la última de sus noches, mientras su mujer dormitaba en un sofá a su lado, alzó sus brazos e intentó buscar su cabeza. Y fue cuando no encontró nada, solo el agujero de su cuello, que entendió que algo faltaba.

Si preguntó algo, nadie le oyó, dado que falleció antes de que volviese a amanecer. Y sin embargo no murió preocupado por eso.

Porque aunque nunca hubiese tenido cabeza, Hernando murió suponiendo que en el mundo que le tocó vivir, parece ser que no le fue tan necesaria.

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